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Elliot Steil tomó asiento en un banco sin respaldo del sombreado parque, apoyó el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha, se quitó un mocasín muy gastado y comenzó a darse masajes en el pie. Un par de minutos después otorgó igual tratamiento al derecho. Por último, colocó los talones sobre el cemento, aferró con ambas manos el borde del asiento de mármol y movió los dedos de ambos pies.
«Tremenda jornadita», pensó Steil. El desayuno había consistido en cuarenta gramos de pan blanco desatascados con un vaso de agua fría, pues sus reservas de café y azúcar se habían agotado simultáneamente un par de días antes. Minutos más tarde había descubierto que la rueda trasera de su bicicleta estaba pinchada. El ómnibus que había logrado abordar había llegado a la parada una hora y quince minutos después del precedente, por lo que había marcado en el Instituto Politécnico donde impartía clases de inglés con dos horas y dos minutos de retraso.
El almuerzo había consistido en una magra ración de arroz con frijoles medio crudos y unas rodajas de tomates pasados de madurez. Tras abandonar el edificio a las cinco de la tarde había considerado si volvía a pie o dedicaba otra hora y pico de su tiempo libre al casi inexistente sistema de transporte público de La Habana. El apagón programado de ocho a doce de la noche, y las tareas domésticas que debía llevar a cabo antes hicieron que optara por cubrir a pie los ocho kilómetros.
Viajar en bicicleta y ómnibus motivaba que Steil olvidase con frecuencia sus metatarsos atávicos, herencia genética de algún antepasado desconocido. Las correcciones ortopédicas hechas a los zapatos que adquiría en las tiendas no surtían efecto después de cuarenta o cincuenta minutos de marcha.
El hombre suspiró y levantó la vista del sendero. Dos adolescentes que se aproximaban interrumpieron su intercambio de muletillas para observar al cansado caminante; luego se miraron sonrientes. El larguirucho muchacho rubio de mugrientos zapatos deportivos altos y pantalones inmensos, que acunaba una pelota de baloncesto bajo el brazo izquierdo, súbitamente alzó la cabeza y se cerró sus fosas nasales con dos dedos.
—Oe, asere, hay que andar siempre con la caéta antigá —dijo el altísimo mulato claro que marchaba junto al rubio, justo al pasar ante Steil.
Los muchachos se inclinaron para acometer mejor la serie de hipos y quejidos que tipificaban la risa de moda. A los seis o siete pasos, su hilaridad menguó algo y chocaron dos veces las palmas de sus manos —la primera a la altura del hombro y la segunda a la del muslo— antes de reanudar la conversación que sostenían.
A Steil no le ofendió la broma; de hecho, sonrió divertido: estaba seguro de que sus pies no apestaban. Después de veinte años de impartir clases a adolescentes, ya se había habituado a esas cosas. Lo que le preocupaba era la regresión en el español que hablaba la mayoría. ¿Cómo podían aprender un segundo idioma con un mínimo de idoneidad si hablaban mal y escribían peor la lengua materna? En cada curso disminuía la cifra de alumnos que hablaban el español correctamente, y casi siempre el buen ejemplo lo daban las chicas. Los muchachos capaces de comunicarse y redactar bien no lo hacían para escapar de la inmisericorde burla a que los sometían los demás varones.
El larguirucho muchacho rubio comenzó a botar la pelota hábilmente con la zurda y mantuvo la conversación con su amigo mientras se alejaban. Steil se calzó y reanudó el largo trayecto.
Justo después de doblar la esquina de su calle una hora más tarde, el maestro fue descubierto y rodeado por un grupo de chiquillos que excitadamente parloteaban acerca de un lujoso auto nuevo y de un turista. Conocedor de que el dolor y el cansancio le hacían perder los estribos, Steil trató paciente mente de evadir la pequeña turba. Los niños no se arredraron y continuaron impidiéndole el paso. Saltaban y gritaban que el americano les había regalado unos chicles. El adulto se detuvo, ordenó silencio de un modo estentóreo y los fulminó con la mirada.
—A ver, Lemar, ¿qué pasa?
—Un americano te busca. Vino en aquel carro —dijo un chiquillo de nueve años apuntando al frente con su brazo derecho—. Nos dio chicle.
Por un instante, la sorpresa impidió que Steil reaccionara y mantuvo la vista en el indisputado líder del grupo.
—Está bien. Muchas gracias. Sigan con lo suyo.
Steil giró y escudriñó el Toyota Corolla color gris perla estacionado junto a la acera, justo enfrente de su edificio de apartamentos; por la matrícula supo que se trataba de un turismo alquilado. Tras el volante se apreciaba una sombra difusa. Con paso cansado, el maestro se aproximó al asiento del conductor, colocó la mano izquierda en el techo del coche y se inclinó un poco. Un hombre sesentón levantó la vista. Por un momento pareció como si la sorpresa le hubiese hecho elevar las espesas cejas y separar los labios.
—¿Busca a alguien? —preguntó Steil en inglés.
— ¡Gracias a Dios! —dijo el conductor—. Aquí parece que nadie habla inglés; sólo conocen la palabra dame. Sí, busco a Elliot Steil.
—Ése soy yo.
Las azules pupilas del extranjero brillaron excitadas. Inclinó ligeramente la cabeza y sonrió de manera fugaz antes de salir del coche, cerrar la portezuela y extender la diestra.
—Dan Gastler. Encantado de conocerlo.
—El gusto es mío. ¿En qué puedo servirlo?
—Al revés.
— ¿Cómo?
—Me han contratado para que yo le sirva a usted. ¿Podríamos hablar en privado? —El acento de su inglés le pareció familiar a Steil. «¿Georgia, quizás?»
— ¡Oh!, desde luego. Por aquí, por favor. Espere un momento: suba la ventanilla y ponga el seguro.
El edificio de apartamentos había sido construido en 1924 y los desconchados exteriores dejaban ver ladrillos rojos. Como el pequeño ascensor Otis estaba roto, tomaron la deteriorada escalera hasta el tercer piso. El inquilino marchó delante por el ramal derecho de un pasillo en U y dejó atrás tres puertas antes de introducir la llave en la marcada con el número 314.
Apresuradamente, el maestro recogió la camisa sucia abandonada sobre un butacón tapizado en verde, alzó de la mesa de centro el quinqué de tiznado cristal y, de un puntapié, hizo desaparecer una zapatilla bajo el otro butacón del juego. Después de encender la luz de la sala, depositó el quinqué en la encimera de la minúscula cocina antes de lanzar la pieza de ropa al interior de un oscuro dormitorio donde reinaba el desorden. Steil cerró la puerta de entrada, abrió las dos hojas de una ventana que daba a la calle e indicó a Gastler el sofá.
—Disculpe el desorden. Siéntese, señor Gastler.
—Llámeme Dan.
—OK, Dan. ¿Quisiera...? ¿Le gustaría tomar un vaso de agua?
—Sí, gracias —dijo Gastler antes de dejarse caer en el sofá. Llevaba una camisa beige que combinaba con los anchos pantalones de caqui y el calzado deportivo color marrón.
Avergonzado de su penuria, Steil abrió el antediluviano refrigerador Hotpoint y sirvió agua en dos latas de Coca-Cola Classic. Su último vaso se había hecho añicos casi un año antes y no había a la venta en las tiendas habaneras. Las latas se las había obsequiado la mujer que había dejado caer el último superviviente de su escasa cristalería.
El intento de Gastler por ocultar su sorpresa fracasó, pero aceptó el recipiente y sorbió algo del líquido. Desde su butaca, Steil observó al visitante. Escaso cabello color arena, cejas espesas, rostro rubicundo, corpulento, un par de pulgadas por debajo de los seis pies de estatura. Sus miradas se cruzaron brevemente. El maestro desvió la mirada y bebió agua.
Gastler colocó la lata sobre la mesa de centro, sacó una billetera del bolsillo trasero del pantalón y, de ella, extrajo un permiso de conducción del estado de Florida, una tarjeta de crédito y una de visita.
—Compruebe mis credenciales —dijo con una amplia sonrisa al mismo tiempo que extendía la documentación a Steil.
Por vez primera, el maestro tenía en sus manos una tarjeta de crédito y un permiso de conducción de otro país. Ambos habían sido expedidos a nombre de Daniel E. Gastler. La tarjeta de visita llevaba impresas debajo del nombre las palabras «Detective privado». Steil asintió, confuso, y devolvió lo leído.
—Me han dicho que los cubanos tienen una especie de carnet de identidad —dijo Gastler al recuperar sus documentos.
—Sí, lo tenemos.
— ¿Podría ver el suyo?
Del bolsillo de su camisa de manga corta verde claro, Steil extrajo lo que parecía una delgada libreta de notas azul y la alargó a Gastler. El hombre se colocó unas lentes bifocales montadas al aire, lentamente volteó varias páginas y observó con atención la fotografía antes de devolver el documento. Luego suspiró, retiró las gafas y se recostó.
—Elliot, tengo una noticia buena y otra mala.
—Dígame la mala primero —dijo Steil, expectante.
—Su padre falleció el 14 de mayo.
El maestro de inglés se reclinó en la butaca y miró sin ver al visitante. En su mente, un rostro jovial le observaba desde lo alto; su pequeña mano se perdía dentro de la cálida diestra que le guiaba por un sendero del bosque. Siempre recordaba a su padre en aquella caminata por los Everglades, leyendo el Havana Post en un sillón de la casa de Santa Cruz del Norte, o en Sebastian, enseñándole a lanzar un balón de fútbol americano. Poseía muchos otros recuerdos, pero uno de aquellos tres siempre surgía primero en su pantalla mental. Steil sintió nostalgia, un poco de autocompasión y algo de tristeza.
—No lo había visto en los últimos... treinta y cuatro años —dijo después de fijar la mirada en el piso.
Gastler permaneció en silencio.
— ¿De qué murió?
—De cáncer de pulmón.
Steil frunció el ceño con extrañeza.
— ¿Fumaba?
—Jamás encendió un cigarrillo.
El maestro forzó una sonrisa, negó con la cabeza y desvió la vista. Luego se irguió, entró en la cocina, abrió un armario y retornó a la sala con una botella sin etiqueta.
— ¿Quiere un trago de ron casero, Dan? Lo llaman Chispa de Tren.
— ¿Por qué Chispa de Tren?
—Yo qué sé.
—Está bien.
Steil sirvió un trago corto en la lata de Gastler y uno doble en la suya.
— ¡Alabado sea! —logró decir el norteamericano después de tragar su ración.
El maestro bebió sin pestañear.
Gastler carraspeó.
—Bob y yo éramos buenos amigos. El pasado marzo los médicos le dijeron que no tenía cura. Un par de semanas después se presentó en mi oficina y sostuvimos una larga conversación, casi toda sobre usted.
Steil chasqueó la lengua y se sirvió otro trago doble. Pareció que Gastler valoraba si continuaba o no su relato; al fin, optó por callar. Steil bebió el ron.
— ¿Cuál es la buena noticia?
Gastler separó los labios, respiró hondo, pensó por un instante lo que iba a decir y sonrió.
—Se la digo después de cenar en el restaurante que usted elija.
Steil se mordió el labio inferior y observó fijamente al visitante mientras sopesaba la propuesta. No había entrado en un buen restaurante en los últimos cuatro o cinco años, pero estaba agotado y no le apetecía salir. Lo que lo decidió a aceptar la invitación fue recordar el escaso y poco apetitoso menú que había proyectado para aquella noche. Miró su reloj de pulsera antes de responder.
—Está bien. Me daré una ducha y me cambiaré. Entretanto, y por cortesía de la piratería cubana, podrá ver «Cross-fire», emitida desde Washington.
Steil encendió un televisor Caribe y giró uno de los dos botones que se proyectaban fuera de una cajita de plástico situada sobre el equipo. Diez segundos después, el sorprendido Gastler observaba a Pat Buchanan.
—Lo veo y no lo creo —dijo el norteamericano.
Steil sonrió complacido y entró en el cuarto de baño. Diez minutos más tarde, mientras el maestro se duchaba y Kinsley interrogaba a un experto en armamento respecto a la crisis nuclear en Corea del Norte, se cortó el fluido eléctrico. Sorprendido, Gastler especulaba sobre qué habría sucedido cuando escuchó a Steil gritar desde el baño.
—No se preocupe, Dan. Es un apagón de emergencia. Debía comenzar a las ocho.
—OK, no hay problema.
El visitante oyó airados gritos provenientes de apartamentos colindantes y los supuso motivados por la oscuridad reinante. Después escuchó pequeños estallidos que le parecieron botellas de cristal lanzadas a la calle. Observó entonces una estantería atestada de libros de bolsillo en inglés. Un minuto más tarde, Steil salió del baño, descalzo y con una toalla en torno a la cintura.
—Los municipios de la ciudad tienen un horario regular de apagones —explicó el maestro al mismo tiempo que entraba en la cocina y tentaba sobre el pequeño aparador buscando la caja de cerillas—. Pero además hay apagones imprevistos, que ponen a la gente muy furiosa.
Steil halló lo que buscaba. Trató de encender el fósforo, pero éste perdió la cabeza; lo mismo ocurrió con otros dos. En un arranque de ira, el maestro soltó un torrente de obscenidades en español criollo. La cuarta cerilla ardió. Entonces, alzó el tubo del quinqué, prendió la mecha, reinsertó el cristal y colocó la lámpara sobre la mesa de centro.
— ¿No ha escuchado ruido de botellas reventando en la calle?
—Sí.
—Ésa es la última forma de protesta.
—Parece algo tonta —se burló Gastler—. Nunca le darán el botellazo al responsable del apagón.
—Creo que tiene razón —admitió Steil—. Espéreme un momentico; me voy a vestir.
—Llévese el quinqué. Para estar sentado aquí no lo necesito.
Dos minutos después de las ocho, Steil emergió de la habitación endomingado de pies a cabeza: guayabera de hilo crudo, pantalones de color marrón y mocasines carmelitas. Colocó la lámpara en la mesa de centro y cerró la ventana. Gastler apreció que bien vestido, recién afeitado y peinado, el maestro parecía cinco o seis años más joven de los cuarenta y cuatro que tenía.
—Estoy listo —anunció Steil.
—OK, vamos —propuso Gastler al mismo tiempo que palmeaba sus muslos y se erguía—. Apague su quinqué.
Pero en aquel preciso instante, y como por arte de birlibirloque, la mecha comenzó a chisporrotear y, en pocos segundos, la llama feneció después de quemar la última gota de la reserva de queroseno del maestro de inglés.
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